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Carta a un hombre no desencantado con la democracia

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Estimado profesor José Woldenberg:

 

Antes que nada le deseo un feliz 2018.

 

He leído las cartas que el año pasado le hizo llegar a una joven desencantada con la democracia, las cuales, por cierto, publicó como libro a través de la editorial Sexto Piso. Lo felicito, sobre todo por el debate al que deberían dar pie considerando la seriedad, teórica y moral, con la que usted aborda el tema.

 

Nos atraviesa una grave decepción con la política y los políticos, una confusión en el plano de las ideas que se entrelaza con un gran desánimo y enojo con la democracia. Se trata, pues, del desencanto: lo que ocurre cuando una promesa o una expectativa --falsa o verdadera-- no se cumple.

 

Este desencanto no es exclusivo de nuestro país: por doquier se escuchan voces que prometen algo mejor que la democracia representativa, pues ésta, se afirma, termina por no responder a los intereses de la gente común y sólo representa a quienes, con dinero, engaños, o mediante algún tipo de poder de hecho, influyen en el gobierno. Son las voces que apuestan a llevar la voluntad del pueblo directamente al espacio donde se toman las decisiones que afectan a la sociedad.

 

Y esto sin hacer caso de las reglas formales de la democracia: se asume que alguien, verdaderamente virtuoso, sabe lo que el pueblo quiere y por ello merece tener el poder sin restricciones. Políticos como Trump, según lo colijo de una de sus cartas, se sienten los depositarios de la voluntad popular y asumen que eso les permite irrespetar los procedimientos institucionales de la democracia o ignorar la sabiduría práctica --prudencia y sentido de la civilidad-- que anima a un régimen democrático. Un caso similar es el de Nicolás Maduro.

 

Algo está mal con la democracia. No sólo no puede evitar el desencanto que recorre el mundo, sino tampoco el creciente apoyo que están recibiendo proyectos políticos que podrían terminar destruyéndola. Hay que preguntarse por qué ocurre esto y qué tiene que ver con la democracia realmente existente, sobre todo con la forma en que ésta permite la existencia de economías que no resuelven el problema de una distribución más igualitaria de la propiedad, los recursos y las oportunidades.

 

En México, deberíamos aprender la lección de antemano y no esperar a que llegue al poder un personaje como los arriba mencionados. Necesitamos examinar críticamente nuestro régimen político y buscar alternativas para enfrentar sus problemas explorando las posibilidades que nos ofrece, llevándolas a su mayor radicalidad posible dentro del respeto a los propios valores de la democracia. No podría ser de otra manera: a la democracia se la defiende ejerciéndola, esto es, tratando de ser congruentes con sus principios y el horizonte utópico que contienen.

 

Algunos analistas han considerado la necesidad de impulsar en México una “segunda transición democrática”. Yo entiendo que se trata de que los males de nuestra democracia se ataquen precisamente con más y mejor democracia. Esto, en mi opinión, implica pensar libremente y superar las restricciones impuestas por la sola lógica de la democracia electoral. Es decir, no sólo hay que impulsar en el ámbito político una mayor participación ciudadana y una mayor exigencia civil hacia los gobernantes, sino auténticos ejercicios de construcción de poder ciudadano, movilizaciones concretas con fines concretos. 

 

A México le urge que sus jóvenes se identifiquen con la democracia y la defiendan: que la asuman como una forma de vida activa claramente preferible al “repliegue hacia la vida privada”, como usted lo llama, o al autoritarismo en cualquiera de sus manifestaciones.

 

Los jóvenes son el sector al que más les afectan, en su presente y su futuro, los vicios de nuestro sistema político. De que ellos posean plenas libertades y condiciones para ejercer su inventiva y creatividad --en el trabajo, en el pensamiento, en la convivencia social-- depende mucho la posibilidad de que México se mantenga como una sociedad abierta, vital y próspera.

 

Usted define a la democracia como “el régimen político que busca ofrecer un marco institucional y normativo para la expresión, recreación, competencia y convivencia de la diversidad”. Pues bien, creo que los jóvenes son quienes más encarnan este sentido de la diversidad al que usted apela como criterio distintivo de la democracia. Son ellos quienes promueven las disidencias y las diferencias, las innovaciones que hacen que la vida evolucione en direcciones distintas y no se vuelva algo monolítico en la identificación de los fines de la vida social y en los medios para alcanzarlos.

 

La conclusión cae por su propio peso: o procuramos un régimen de libertades democráticas que permita la expresividad juvenil en la pluralidad de sus facetas, o nuestra democracia languidecerá poco a poco hasta secarse por dentro.

 

Hay mucho más qué decir pero se me ha agotado el espacio de esta carta. Le enviaré otra en fecha próxima. Reciba un saludo.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio