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El escritor, el sitio y su voz

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 En mi anterior entrega quería profundizar sobre el asunto de la relación entre el escritor y el sitio sobre el que escribe, pero no tuve la calma ni el suficiente espacio para hacerlo. Ahora lo intento para no dejar que mi propósito se ahogue en el tintero; acaso resulte útil.

 

Pensaba decir que en Borges hay un reconocimiento similar al que expresó Padura en su visita a la Universidad de Guadalajara, hace unos días, cuando insistió en que el escritor debe tener familiaridad con su ciudad, con el sitio en el que escribe, o sobre el que escribe. Lo encontré en un libro llamado Jorge Luis Borges, El aprendizaje del escritor. Los editores di Giovanni, Halpern y MacShane lo dejan claro en su texto introductorio, donde reflexionan a partir de una autobiografía intelectual del cuentista.

 

En los inicios de su carrera, Borges no consideró a los suburbios bonaerenses de Palermo, lugar donde vivió, como tema fundamental de su escritura. Prefirió, dice Borges, “imitar prolijamente a dos escritores barrocos del siglo XVII, Quevedo y Saavedra Fajardo, que en su español árido y severo creaban el mismo tipo de prosa que sir Thomas Browne en Urne Buriall. Yo hacía todo lo posible por escribir latín en español, y el libro se desmoronaba bajo el peso de sus complejidades”. Después, señala Borges, intentó escribir con tantos localismos que terminó produciendo textos incomprensibles.

 

A la postre, sin embargo, como parte de su maduración literaria, Borges dio en recuperar su propia experiencia de Palermo y la convirtió en una materia clave de sus escritos. Aprendió a describir los contextos de la acción con precisión y veracidad. La lección es clara: decir exactamente dónde acontece lo narrado, apuntar cualquier dato, un cambio ocurrido con anterioridad en el sitio referido, por ejemplo, para provocar un sentido de realidad prácticamente absoluto.

 

De esta manera, el lector puede reconocer y reconocerse en lo que lee: “Serían las once de la noche, yo había entrado en el almacén, que ahora es un bar, en Bolívar y Venezuela”, escribe Borges en su “Historia de Rosendo Juárez”. Sobre este pasaje comentan di Giovanni, Halpern y MacShane:

 

“Nótese la autenticidad: no dice que el bar estaba en una zona inhóspita o remota de la ciudad; no, está en la esquina de Bolívar y Venezuela, que es decir en la esquina de Christopher y la Séptima Avenida, o Wabash y Monroe. El mundo que nos ofrece es un mundo real: no es una farsa, ni un montón de mitos prematuros, ni retazos de color local. También adviértase el detalle acerca del bar, que antes fue un almacén. Esto demuestra que el autor anduvo por la zona lo suficiente para conocer su tema. Pueden confiar en él”.

 

Merece tomarse en cuenta una confesión de Borges que refleja el sentido general de su aprendizaje de escritor: “He renunciado a las sorpresas de un estilo barroco; también a las que quieren deparar un final imprevisto. He preferido, en suma, la preparación de una expectativa a la de un asombro. Durante muchos años creí que me sería dado alcanzar una buena página mediante variaciones y novedades; ahora, cumplidos los setenta, creo haber encontrado mi voz”.

 

No necesariamente se tiene que ser preciso, en los términos arriba señalados, al describir el contexto en el que ocurren los hechos de la narración. Se puede ser exacto de otro modo. En este sentido, llama mi atención el Acto preparatorio con el que Agustín Yáñez comienza su novela Al filo del agua. Allí no se dan a conocer coordenadas geográficas o descripciones de un lugar particular, pero también se provoca la impresión de que un conocimiento así, tan profundo y detallado, sólo puede provenir de una localidad realmente existente captada por un espíritu sensible:

 

“Pueblo de mujeres enlutadas...

 

Gentes y calles absortas. Regulares las hiladas de muros, a grandes lienzos vacíos. Puertas y ventanas de austera cantería, cerradas con tablones macizos, de nobles, rancias maderas, desnudas de barnices y vidrios, todas como trabajadas por uno y el mismo artífice rudo y exacto. Pátina del tiempo, del sol, de las lluvias, de las manos consuetudinarias, en los portones, en los dinteles y sobre los umbrales. Casas de las que no escapan rumores, risas, gritos, llantos; pero a lo alto, la fragancia de finos leños consumidos en hornos y cocinas, envuelta para regalo del cielo con telas de humo”.

 

Quienes conocen Yahualica saben que la referencia es ese pueblo. En este caso, el realismo no se logra indicando la hora o el nombre de las calles, sino con un ritmo musical que surge de la propia realidad. Las cosas nombradas revelan una esencia sólo aprehensible con palabras. La voz de Yáñez y la voz del territorio que relata son la misma.

 

Padura, Borges y Yáñez coinciden en su arraigo a lo que inmediatamente se nos da. Es sólo aquí, donde lo que vivimos, lo que es, penetra el suelo y se sostiene, el sitio en el que podemos crear y ser. Y cuando no estamos aquí, también lo estamos, porque siempre llevamos lo cotidiano con nosotros.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio