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El mal ¿sin frenos sociales?

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Las sociedades posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no han sido capaces de inculcar y arraigar valores en los ciudadanos que fomenten el respeto cabal al otro.

 

“Después del evento bélico, ha habido muchos intentos de explicar lo que ahí surgió. Entre ellos está el trabajo del sicólogo norteamericano Stanley Milgram” (Nueva York, 15 de agosto de 1933 - Nueva York, 20 de diciembre de 1984).

 

Darío Flores Soria, profesor investigador del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), quien participa en la organización del Seminario Mensual en el que se analiza “El mal en las sociedades contemporáneas”, se refirió a los indicios que han surgido luego de análisis y experimentos relativos a “la obediencia a la autoridad”.

 

El reto que se planteó Milgram, dijo Flores Soria, consistió en desentrañar qué se mueve al interior de las personas cuando se apela a la obediencia a la autoridad, que fue uno de los argumentos empleados por Hannah Arendt en su conceptualización de “la banalidad del mal”.

 

Milgram, psicólogo graduado de la Universidad de Yale, realizó varios experimentos sobre la obediencia a la autoridad en los que “trataba de saber por qué la gente había aceptado cooperar o actuar, sobre todo en lo que respecta a los campos de exterminio y el proyecto de muerte sistematizada” promovidos por los nazis.

 

“El experimento consistía en operar una especie de conmutador con muchos botones y del lado izquierdo, por ejemplo, se establecía una mínima cantidad de descarga eléctrica, hasta llegar al máximo que resiste un ser humano del lado derecho”.

 

El especialista explicó que durante el experimento se enfrentaba a dos personas, una que no era visible ubicada en una cabina, “la que supuestamente debía contestar preguntas de un cuestionario que debía haber aprendido, y en caso de fallar, recibía una descarga de voltios, pues el ejercicio, se le decía al ejecutante, tenía que ver con el aprendizaje”.

 

El supuesto receptor estaba al tanto del experimento y sólo emitía gritos pidiendo auxilio, que no eran atendidos por el ejecutor de las descargas, “impulsado por un guía que lo instaba continuar, dándose el caso de llegar a aplicar la cantidad suficiente de voltios para provocar la muerte”.

 

El sondeo no estuvo exento de polémicas: “hubo un debate ético que se consignó en un libro que contiene entrevistas a los participantes, quienes si bien quedaron emocionalmente resentidos, no sufrieron daños de consideración, porque hubo intervención de asociaciones de siquiatras para verificar la realización”.

 

“Lo que Milgram quería comprobar, es cómo las personas acceden a hacer ese tipo de cosas. No se llegó a una explicación esencial del mal, porque las personas no son buenas o malas, sino que se estableció que el Estado norteamericano, la sociedad norteamericana, no estaba dotando del marco cultural, de los valores que hicieran que una persona se opusiera a hacer algo éticamente reprobable. Sólo algunos lo hicieron”.

 

Flores Soria precisó que previo a poner en marcha el ensayo, Milgram preguntó a los siquiatras su opinión acerca de lo que haría y le dijeron que en su opinión, sólo participaría un dos o tres por ciento cuando mucho. Al final, la participación fue de más de 80 por ciento”. El académico asentó además que “en 2005, me parece, se replicó el experimento, y los resultados fueron similares”.

Escrito por: 
Gabriela Díaz
Fotografía: 
Archivo
Fuente: 
Difunde CUCSH