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El poder del mal y el vicepresidente Cheney

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¿Qué tan sólidos son los diques que nos protegen de la tiranía? No tan firmes como para evitar, en cualquier momento, la llegada al poder de hombres ambiciosos que aprovechan todo lo que está a su alcance para hacer avanzar su interés particular. La clave de su ascenso es jamás detenerse ante nada. Atemorizar a los ciudadanos de que el mundo es como es, poblado de un mal que acecha en todas partes, y que la única manera de vivir en él es oponiéndole un poder absoluto. Ellos asumen el costo de ser los hombres sensatos y realistas, a quienes debemos agradecerles su valor para enfrentar el vicio.

 

La semana pasada vi la película titulada Vice, o Más allá del poder, que relata la historia de Dick Cheney, el hombre que fue vicepresidente de Estados Unidos en el periodo de George W. Bush. El gran actor Christian Bale encarna con impresionante realismo a Cheney: muestra la interioridad de un hombre que hizo de la conquista del poder el centro absoluto de sus decisiones. Y no sólo eso: relata lo que ocurre al mundo cuando alguien no se detiene ante nada para realizar lo que desea.

 

Todo comenzó en 1969, cuando Cheney llegó a la Casa Blanca en un programa de pasantías para universitarios, lo que le permitió colaborar con importantes políticos. Allí conoció al que sería su mentor y a la postre su propio ayudante: Donald Rumsfeld, quien en la época del presidente Gerald Ford era el Jefe del Gabinete presidencial. Tiempo después, Rumsfeld fue relevado del cargo y sustituido por el propio Cheney.

 

La suerte de los republicanos se eclipsó y en 1978 ganó la presidencia el demócrata Jimmy Carter. Cheney, con el apoyo de su esposa, se las arregló para ser electo, en medio de enfermedades, como representante ante el Congreso Federal por el estado de Wyoming, cargo en el que duró diez años.

 

Con la llegada de Reagan a la presidencia vinieron mejores tiempos. Cheney respaldó las políticas de Ronald Reagan, entre ellas la estrategia de planificación bélica llamada “Guerra de las Galaxias” y también los apoyos a la contrarrevolución nicaragüense. También defendió a la administración Reagan cuando ésta fue cuestionada por un supuesto desvío de fondos obtenidos por la venta de armas a la contrarrevolución de Irán.

 

En el marco de las guerras culturales y económicas de todos esos años, Cheney defendió causas conservadoras: se manifestó por la disminución de los impuestos, contra el aborto, contra el reconocimiento público de figuras como Martin Luther King y contra la integración de niños negros y blancos en las escuelas. Por otro lado, apoyó la impartición de clases de religión en las escuelas. En el único punto en el que no persiguió una agenda conservadora fue en el de los derechos de las personas homosexuales, situación que se comprende porque una de sus hijas se vería beneficiada de una política de este tipo.

 

La llegada al poder de George Bush padre le dio la posibilidad a Cheney de ser Secretario de la Defensa, cargo que ocupó entre los años 1989 y 1993. Allí ejerció un liderazgo muy fuerte en el contexto de la primera guerra contra Irak. Al retirarse de ese cargo asumió la presidencia de la importante empresa petrolera Halliburton.

 

Con la campaña presidencial de George W. Bush llegó la mayor oportunidad para Cheney. Buscó convertir a la vicepresidencia de Estados Unidos en algo más que una figura decorativa cuyo sentido es esperar a la defenestración o la muerte del presidente en turno. Acaso ése fue el momento decisivo de su carrera: convencer al candidato presidencial Bush de que le permitiera encargarse, como vicepresidente, de asuntos de supervisión de la burocracia, defensa, energía y política exterior.

 

Lo logró y aplicó un código terrible. Primero, trabajó para acrecer el poder del presidente, lo que implicó hacer valer la teoría del poder presidencial unitario –es decir, minar la división de poderes–, además de engañar a la opinión pública, ocultarle información o de plano mentirle. Segundo, utilizó el poder del presidente, lo cual conllevaba controlar la información a la que tenía acceso y colocar aliados en oficinas clave para minar la eficacia de sus decisiones. Más que nada, se trataba de manipular al presidente haciéndolo parecer, ante sí mismo, como el autor de sus propias decisiones, cuando en realidad estaba siguiendo una agenda que otros habían diseñado por él.

 

Esa manera de proceder está en la base de los principales acontecimientos que marcaron los inicios del siglo XXI: la guerra contra Afganistán luego de los ataques a las Torres Gemelas, la invasión a Irak y la defensa allí de los intereses petroleros norteamericanos, y todo esto además de las políticas económicas aplicadas en Estados Unidos que terminaron por empobrecer a la clase media norteamericana.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio