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Entre San Blas y Nueva York

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Jerry no entendía la carta llegada de San Blas. Debes estar bromeando. ¿Cómo, Paul, así, al arrebato de un momento, te olvidas de tu carrera y las oportunidades que tantos años has tardado en conseguir?, ¿dejas tu país y tu gente por una aventura absurda? ¿Y no te importa lo que va a sentir Abigail? Así, airadamente, Jerry contestó esa misma tarde a Paul, desde Nueva York, intentando convencerlo de que no se vinculara a una mujer desconocida y a un país salvaje... que te ofrece más incertidumbre que respuestas. Regresa a tu destino. Tú te lo ganaste. Aún puedes recuperar el proyecto de matrimonio con Abigail y tomar el puesto que te prometió tu suegro. Hablaré con ella; le diré que el estrés de las cosas te provocó un mal momento, pero que estás arrepentido y vas a regresar...

 

Mientras Paul recordaba las palabras de Jerry, sentado a la mesa de un restaurante sobre la playa de Matanchén, el sol hacía brillar las olas como navajas. Abrió su lap top para responder a las súplicas de su mejor amigo. De la barra venía una tonada rockera que sonaba muy mexicana, en la voz de Álex Lora:

Las piedras rodando se encuentran

Y tú y yo algún día

Nos habremos de encontrar

Mientras tanto cuídate

Y que te bendiga Dios

No hagas nada malo que no hiciera yo.

 

Se hizo más fuerte la presencia de Abigail, la guapa mujer a la que dejó por un repentino ataque de existencialismo práctico, un afán que me surgió buscando merecer lo que la vida puede darme si soy capaz de renunciar a lo inauténtico. Tienes razón, Jerry, ella es la mujer para una vida perfecta: apartamento en el Upper East Side, casa en uno de los Hamptons, nexos con la comunidad judía de los negocios neoyorkinos. Ella tiene siempre la estrategia precisa para reaccionar al momento, la corrección política y la energía para hacer una fortuna... Paul dudó de su decisión.

 

Tardó muy poco, sin embargo, en convencerse otra vez de permanecer en San Blas. No. No nos habremos de encontrar. No quiero certezas al precio de una monotonía sin sentido. Provocarme yo mismo aquello que niega lo que soy, ¿volver a los Estados Unidos para apresurar mi destrucción?, eso, escribió, es lo verdaderamente absurdo: morirme antes de tiempo, llegar a la tumba sin nada por dentro. La voz de Lora seguía presente:

La vida nos jugó una broma

Y el destino trazó el camino

Para que cada quien se fuera

Con su cada cual.

 

El materialismo burgués convierte lo absurdo en razonable. Seduce al individuo para que se olvide de sí mismo. Nos hace vivir hacia afuera. Su ley es calcular, dominar al otro, hacer de uno un reino de egoísmo y miedo: las potencias reales de este mundo. Poseer capital... No, no lo quiero. Son engaños que aprisionan el alma. Quiero otras cosas, otra clase de poder, otra clase de ser... yo mismo. Jimena a mi lado.

 

¿Cuánto de mi vida, querido Jerry, se va a quedar en los negocios de mi suegro? Los segundos se convertirán en horas, meses y años, y conspirarán para que yo me olvide de ser amigo de mí mismo y darme lo que necesito. Por las noches preferiré embriagarme a estar solo con mi conciencia, elegiré el ruido y no el silencio... y la vida se pasará sin darme cuenta. Terminaré del tamaño de una nuez, sin vigor en mi voz, sin expresión de alegría en mi rostro, sólo seré para los otros, una piedra rodante...

 

Esa mañana, Paul había ido con Jimena a la Contaduría, la antigua aduana de San Blas, convertida en una ruina a la que visitan los turistas. Subieron a pie, casi corriendo, los trescientos metros que la separan de la entrada del puerto. Al llegar se dirigieron a la orilla de la fortaleza y sin advertirlo recordó a su padre mostrándole aquella luminosidad de palmeras, mar azul y canales de esteros cubiertos de manglares. Todo estaba allí otra vez. Ahora no eran las olas que iban y venían, sino piedras con un mensaje del pasado. Quiso descifrarlo. ¿Dónde están, queridos míos, queridos padres?, se dijo al encontrarse con aquel recuerdo escondido que lo sorprendió. Tal vez vienen por allí, en su auto verde, debajo del palapar, o tal vez transitan por donde todo se cubre de selva y la carretera se llena de magia.

 

Las piedras son eternas, pensó, testigos mudos de nuestras miserias. Nosotros pasamos, ellas permanecen. Si pudieran, se reirían del tiempo, se burlarían de nosotros. Pero no pueden hablar, ni reír ni gozar, ni sufrir ni anhelar. Al final, volveremos al ciclo de ser piedra. No lo apresuremos, Jerry, dejemos que eso sea cuando llegue. No seamos estatuas en un mundo que nos hace mudos. Seamos vida y carne, pasión y lucha. Prefiero el riesgo del movimiento a la seguridad petrificada de quien olvida que alguna vez fue un fuego vivo, una lava presente.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
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