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Festival de Cine, de la vida...

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Para María Barba

 

Guadalajara está de fiesta: el Festival Internacional de Cine ha comenzado. Alemania es el invitado de honor. La noche inaugural ha sido redonda. El acto previo y la película cerraron un círculo de creatividad y crítica. ¿Por qué? Porque nuestra ciudad estuvo presente con mariachi e imágenes rescatadas de las filmotecas que guardan la época de oro del cine mexicano, sobre todo aquellas en las que se canta Guadalajara, nuestra canción-himno. Porque Ofelia Medina le demostró al mundo quién es como actriz y como mexicana. Y porque Tschick, la película inicial, dirigida por el turco-alemán Fatih Akin, es un bello homenaje a la libertad y los impulsos vitales de la juventud contemporánea.

 

Ofelia Medina fue galardonada con un Mayahuel de plata por sus cincuenta años de trayectoria. Sus palabras no tuvieron desperdicio. Con un impresionante despliegue de personalidad y presencia declamó A su retrato, de Sor Juana Inés de la Cruz: “... éste, en quien la lisonja ha pretendido, excusar de los años los horrores, y venciendo del tiempo los rigores, triunfar de la vejez y del olvido...” Y luego habló en inglés para ser bien entendida: “Thank you Donald, because you have made us wake up... America, for your information, is from Alaska to Patagonia...”

 

Además, se proyectó el cortometraje del prestigiado cineasta irlandés Jim Sheridan, titulado **La hora 11. El escenario, un bar neoyorkino la noche del 11 de septiembre de 2001. En la barra, varios policías miran por televisión los hechos. Se comenta la decisión de cerrar los aeropuertos. Uno de ellos articula una frase premonitoria del presente: hay que cerrar el país. Blande su escuadra y la prepara; su rostro exuda miedo, odio. Otro policía lo llama a la cordura.

 

En eso, tras haber perdido a su compañero en la destrucción causada por los ataques, un bombero devastado física y moralmente llega al bar. Lleva en sus manos un casco cubierto de sangre y polvo. En la barra, una mujer. Por su aspecto y acento, parece mexicana. Presta atención al llegado y le brinda consuelo. Les pide a los demás que hagan lo mismo. Llama a un taxi de su confianza para que lo lleven a descansar. El chofer no es americano, ni siquiera caucásico. Mohamed amablemente se hace cargo del bombero. Al transitar por las calles de Nueva York se escucha una canción de Bruce Springsteen. Todos somos lo mismo. 

 

Al día siguiente de la inauguración del Festival, en una charla con el cónsul mexicano en Los Ángeles, Sheridan complementa: “Estados Unidos tiene dos caras, la del imperialismo y la que es un crisol donde se funden muchas razas; sin ese crisol no hay Estados Unidos”. Y después remata: si el miedo a las minorías se apodera de la sociedad, asistimos al principio del fin.

 

Regresemos a la noche inaugural. Tschick es un adolescente con pasaporte alemán que puede ser ruso o gitano; el rechazo de sus condiscípulos es manifiesto desde el primer día que llega a la escuela. Maik Klingenberg, su compañero de banca enamorado de la linda e indiferente Tatjana, termina por aceptarlo. Sus dos soledades se acompañan en el verano. Todo se resuelve en un viaje que emprenden en un auto robado con rumbo al pueblo donde vive el abuelo de Tschick.

 

En el festival también se presentó una película llamada Toni Erdmann, de la realizadora alemana Maren Ade. Sirve para meditar. El viejo Toni, el personaje imaginario pero real que busca salvar a su hija de la inautenticidad, termina por decirle una verdad cuya ignorancia implica un alto riesgo: al vivir la vida, uno se involucra en hacer esto y aquello... luego, la vida pasa de largo y no nos damos cuenta.

 

Tratamos de valorar la materia prima de la vida, los momentos. No podremos, sino hasta que haya pasado mucho tiempo. Entonces querremos recordar, por ejemplo, --le dice Toni a Inés-- cuando aprendiste a andar en bicicleta. Acaso, pienso yo, es inevitable que no podamos ser conscientes de la felicidad que nos brindan los momentos, esos instantes preciosos, inasibles, en que por fin existimos. No recuerdo dónde leí, o quién me lo dijo, pero es verdad: nuestra conciencia siempre va por detrás de lo vivido.

 

Motivado por el viejo Toni traté de recordar cuando mis hijos aprendieron a andar en bicicleta. Me acuerdo en un caso, el del primero de ellos. Amoroso y tenso, camino de prisa protegiéndolo a su lado. De mi otro hijo sigo en el intento de recordar. ¿No es terrible que la vida pase sin que nos hable ni nos mire? El hombre que puede morir en cualquier momento sin haberse atrevido jamás a rozar, un poco, el significado profundo de su existencia, sin realmente sentirse vivo... He pensado que escribir es un recurso, de poca eficacia, para hacer consciente lo vivido: luchar para que los momentos no se pierdan en la oscura noche de un olvido que ni siquiera es consciente de ser olvido. 

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio