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Fue en la Playa de San Blas

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Paul Taylor jamás pensó que el regreso a San Blas habría de cimbrar su vida. Sabía que sentiría nostalgia, porque allí conoció el mar tomado de las manos de sus padres. El movimiento del agua en sus pies, de ida y vuelta, le produjo una sensación inédita y total: el mundo daba vueltas en torno suyo y un vértigo que venía de afuera lo aprisionaba. ¿Qué era aquello que provocaba la impresión de un movimiento sin destino? Eso se preguntaba su alma infantil en aquel que fue, lo supo muchos años después, uno de los momentos más significativos de su vida.

 

Sus padres viajaban con él desde Chicago hasta San Blas para pasar buena parte de los inviernos. Era la época en que el legendario puerto se poblaba de hippies, combis con placas de California y surfeadores que buscaban una intensidad más fuerte que las emociones provocadas por la lidia con el mar. El Hotel Playa Hermosa no era una ruina y prolongaba su vida apoyado en los recuerdos de un tiempo grandioso que nunca regresó. La construcción de la carretera a Puerto Vallarta y las inversiones en el sur de Nayarit lo habían sentenciado a muerte.

 

Paul estaba allí de nuevo, a la orilla de la playa del Borrego, comiendo tacos de róbalo zarandeado y camarones empanizados, todo acompañado con salsas roja y verde, y una cubeta de cuartitos de Pacífico. La playa parecía igual, aunque el mar daba la sensación de haberse retirado.

 

Cuando vino el huracán Kena, le explicó un mesero, nos obligaron a alejar los restaurantes del mar. A pesar de eso, el mismo mundo estaba allí: las palapas, las palmeras, la gente hacinada en las regaderas para quitarse la arena de los pies, el desparpajo alegre y locuaz, muy propio del pueblo mexicano, que hacía olvidar cualquier preocupación. Y tampoco faltaban los vendedores de pan de plátano, cacahuates tostados y artículos ornamentales de madera.

 

A pesar de que la sensación de vacío dejada por la partida de sus padres nunca lo abandonaba, no había ido allí para reencontrarse con su pasado. Fue para acompañar a un amigo que tenía interés en hacer inversiones turísticas en la costa nayarita. Eso, sin embargo, era un pretexto. Así, pensaba Paul, descansaré del ajetreo de Nueva York y estaré listo para lo que viene. Taylor se iba a casar en unas cuantas semanas con una rica abogada de Nueva York y había aceptado un ascenso en su trabajo de Wall Street. Tenía, pues, esperándolo, un envidiable futuro. De golpe se iba a convertir en miembro de una de las familias más prominentes de la costa este de los Estados Unidos.

 

Pero la creencia en la claridad de sus expectativas no iba a permanecer por mucho tiempo. Cuando Paul se preparaba para pedir la cuenta, la rockola que animaba el atestado restaurante dejó de funcionar. Las canciones de Los Recoditos, Juan Gabriel y Alicia Villarreal, dejaron su lugar a una melodía interpretada en saxofón por una bella joven que no pasaba de los veinticinco años. Una fuerza incomprensible retuvo a Paul en su silla. ¿Cómo, en pleno trópico mexicano, pensó, una mesera mexicana toca a Grover Washington Jr., y en saxofón? ¿Cómo pudo conocer estas canciones esta niña sanblaseña? Además, el vestido que lucía la señorita permitía visualizar una muy femenina y delicada figura. ¿Dónde aprendió a tocar así?, insistía Paul sin poderse responder. En vez de pedir la cuenta, Paul se dispuso a escuchar con los cinco sentidos.

 

Muchos años después, Paul recordaría lo que siguió como un desenlace de algo que venía gestándose en su interior sin darse cuenta. De la impresión provocada por la chica se recuperó para tratar de conquistarla. Ahora no viene al caso contar lo que pasó con ese intento, sino entender por qué cayó como herido de un rayo. ¿Por qué allí, de cara a su pasado y al primer encuentro con el mar, decidió dejar para siempre su esplendorosa vida en Nueva York?

 

Paul cambió un súper empleo en Wall Street y un matrimonio con una exitosa abogada para quedarse en la costa nayarita buscando la felicidad por un camino que lo acercara a sí mismo. Sólo él sabe si lo logró y si alguna vez se arrepintió.

 

Hace no mucho tiempo, en la bahía de Matanchén, me confesó sus motivos. Por los días en que conoció a Jimena, la sorprendente saxofonista, Paul había estado leyendo a poetas y escritores, creadores de canciones y narraciones cortas, que dejaron en él una visión de la vida alejada del materialismo burgués. 

 

Por alguna razón que no comprendo, me dijo Paul, las palabras de Kerouac y Ginsberg hicieron que el mundo se derrumbara bajo mis pies. Comprendí que todo se mueve y yo me muevo con todo... pero no sé hacia dónde. El retroceso de las olas me dijo que ir hacia adelante no siempre significa progresar. De otra manera, el movimiento jamás tendría destino y la quietud sería, siempre, una pérdida de tiempo. ¿Qué quieren los neoyorkinos aparte de trabajar todos los días? Si su vida es trabajar, ¿para qué lo hacen?, ¿y qué hacen cuando no trabajan? Esperan ansiosos a que vuelva la mañana. Yo no quise esperar.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muniz
Fuente: 
Milenio