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Hobbes contra Aristóteles (primera parte)

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El macedónico Aristóteles, de formación cultural griega (384-322 a. C.), es el principal referente filosófico-político de la Edad Media y su influencia ha llegado hasta nuestros días. Su maestro Platón le solía llamar “La Inteligencia”, el noûs (durante siglos se le conocería como El filósofo). Platón, sin embargo, no lo designó como el rector a sucederlo en la Academia tras su muerte (el denominado escolarca), por lo que Aristóteles abandonó Atenas durante varios años en los que se ocupó de la educación de Alejandro Magno.

 

Después, acaso decepcionado por el comportamiento político de Alejandro (cometió muchas barbaridades, entre ellas el asesinato de Calístenes sobrino y alumno de Aristóteles), regresó a Atenas y fundó su propia escuela. La llamó el Liceo por estar dedicada al dios Apolo Licio. Allí impartió cátedra durante doce años, hasta que el destino le quiso jugar la misma pasada que a Sócrates: también fue acusado de impiedad, pero Aristóteles prefirió huir para evitar, en sus palabras, que Atenas pecara por segunda vez contra la filosofía.

 

Su titánico esfuerzo intelectual configuró la base de la cultura occidental. Sus categorías lógicas, de historia natural y filosofía natural, de psicología, retórica y poética, de astronomía, ciencia política y ética, por mencionar lo más relevante, son todavía origen, inspiración y utopía de nuestra visión del mundo. No es casual, y mucho menos es algo exento de consecuencias, que las ideas de Aristóteles hayan formado parte de la perspectiva filosófica cristiana durante siglos.

 

Pero advinieron la modernidad y la Ilustración, lo que supuso una reacción feroz en contra del filósofo de Estagira. Uno de sus opositores más conspicuos fue Thomas Hobbes. La nueva ciencia debe analizar y observar las cosas mismas y no contentarse con las formulaciones de los libros aristotélicos o los de carácter teológico. Se trata de una ironía, pues el propio Aristóteles fue, por ejemplo, un padre fundador de la biología, a la que dio sustentó con su espíritu de observación y clasificación de las especies.

 

La orientación aristotélica parte de un presupuesto que hasta hoy gravita en nuestro imaginario: la sociedad es una comunidad orgánica, cuyo origen se remonta a familias asociadas por la necesidad de subsistir gracias al trabajo complementario. Al principio está el oikos, la casa común organizada alrededor de la división natural del trabajo entre el hombre y la mujer cuya necesidad mutua los enlaza; también habitan el oikos los esclavos, los hijos, los animales de labranza y el arado, las herramientas...

 

La forma más elevada de asociación humana es la polis, espacio en el que los seres humanos alcanzan su perfección. Al margen de la polis --el Estado, la ciudad-- sólo existen la barbarie, el imperio de la arbitrariedad, la existencia de relaciones entre desiguales. En cambio, la comunidad política es el sitio privilegiado de la acción humana encaminada a la deliberación compartida y la realización del bien, que no es otra cosa que la realización de la verdadera naturaleza del hombre.

 

Según Aristóteles, todas las cosas tienden a realizar su naturaleza; tienen lo que se conoce como su telos, es decir, su finalidad intrínseca. La cáscara de una manzana, por ejemplo, tiene por finalidad proteger a la semilla o las alas de las aves permitirles el vuelo. Algo similar pasa con los seres humanos. Viven para realizar una finalidad superior y ésta consiste en la buena vida, la que se alcanza cuando se identifica algo que se quiere por sí mismo y no en vista de conseguir otra cosa. Se trata de la felicidad o eudaimonia, o sea, la realización de las potencialidades del espíritu o genialidad de cada quien.

 

Para Aristóteles sólo en la ciudad se alcanza la mejor condición posible de los seres humanos. No existe separación entre el bien del hombre y el bien del ciudadano, no hay distancia entre lo que es bueno para la vida interior y para la vida en común. O para decirlo en términos modernos: no puede haber excelencia en el espacio de la vida pública sin la práctica de las virtudes humanas en el ámbito privado.

 

En cambio, la modernidad, con Hobbes a la cabeza, no concibe a la sociedad como una comunidad orgánica compuesta de muchas familias y aldeas, sino como un artificio, una construcción contingente que resulta de un contrato racional acordado entre individuos egoístas e interesados en la realización de lo que entienden como sus intereses particulares.

 

Bajo esta concepción, el individuo preexiste a lo social y, en sí mismo, es antipolítico. Constituirá la polis por necesidad: para evitar la lucha de todos contra todos confeccionará la ley y depositará el ejercicio de la violencia en un poder al margen de los individuos. El contenido de la felicidad es cosa de cada quien en lo particular. Lo político es sólo la condición para una libertad de individuos inconexos.

 

La semana entrante: más sobre Hobbes y el contraste con Aristóteles.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio