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La crisis del Cruz Azul

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A Emiliano Macías Mora, ejemplo de confianza en el porvenir

 

La crisis del Cruz Azul me ha enfrentado con uno de los hechos más tristes que puede vivir un aficionado: no reconocer a su propio equipo. Miro un partido y constato que los jugadores se han alejado del corazón de los fanáticos. Y luego me digo: nada tienen que ver con el plantel que representan, son incapaces de portar con dignidad la historia del club.

 

¿Qué queda de aquel equipo que, en 1964, ascendió de manera brillante a la Primera División y luego de ser campeón de liga, en 1969, y ganar la Copa México, en 1970, logró el Tricampeonato dirigido por Raúl Cárdenas? Cruz Azul ganó el primer título de esa increíble cosecha en la temporada 1971-1972, derrotando al América 4 por 1, con anotaciones de Pulido, Victorino y Muciño (2). Por el América descontó Borja con un gol de cabeza. Ese partido fue el antes y el después que significó el ingreso del Cruz Azul al sitio de los grandes.

 

Fue también el momento de mi conversión. Vi el juego por televisión junto a mi padre y mis hermanos. Había gran expectativa porque el América ya tenía prosapia y lo impulsaba, en la media cancha, uno de los mejores jugadores extranjeros que han venido a México: Carlos Reynoso. Para esas fechas yo ya odiaba al América: mi antiamericanismo surgió una ocasión en que los cremas derrotaron al Atlante de Rafael Puente, Ignacio Basaguren y compañía, con marcador de 2 goles a 0 y un polémico arbitraje de Arturo Yamasaki. Debo aclarar que mi primer equipo fue ese Atlante, que luego de haber tenido una primera vuelta como invicto, cayó en la más inexplicable de las rachas de derrotas al hilo.

 

Tengo para mí que eso fue en la temporada 1970-1971 cuando el América de José Antonio Roca y El Monito Rodríguez se coronó venciendo al Toluca dirigido por Nacho Trelles. Recuerdo que un tiempo antes un hermano mío gritaba la consigna general: ¡América, Fragoso y ya! Nunca le perdoné al América la humillación que le hizo al Atlante y me hizo desertar, dada mi voluble alma infantil, de las filas azulgranas. Pero mi rencor se sació con aquel 4-1 memorable, verdadera fecha fundacional de la victoriosa cronología cementera.

 

Además de las vistosas triangulaciones en el área (los goles de aquel partido aún transitan en mi mente en la pantalla a blanco y negro), un jugador extranjero apuntalaba al Cruz Azul con su carisma, personalidad y facultades: el inolvidable Miguel Marín. Aquel espigado y robusto arquero llegado del Vélez Sarsfield se convirtió en mi máximo ídolo futbolístico.

 

El Gato, El Superman, mejor dicho, como lo bautizó Ángel Fernández, era extraordinario. Innovó en los saques ofensivos desde la portería, y sus reflejos y su colocación lo hacían muy difícil de batir. Además, inspiraba a sus compañeros tranquilidad y fortaleza. La primera vez que lo vi, de las pocas ocasiones en que tuve la suerte de mirarlo en un estadio, fue en aquella semifinal de apoteosis, cuando el Cruz Azul remontó un marcador de 2-0 frente al Atlas del Pistache Torres, Pepe Delgado y Héctor Brambila.

 

El estadio Jalisco, a reventar, terminó el primer tiempo celebrando la victoria de los zorros. El público le gritaba ofensas a Marín que más bien eran actos de admiración embozada. Si mal no recuerdo, Cárdenas mandó dos cambios de un solo tirón: entraron Alberto Gómez y Octavio Muciño. Lo demás quedó marcado en la memoria de la afición cementera, verdadera confirmación de la grandeza de nuestro equipo: Cruz Azul 3, Atlas 2. Tras aquella victoria y otra más en el Azteca, vino el segundo título del Tricampeonato frente al León.

 

Tras algunos años, Nacho Trelles dirigió al equipo y continuó la historia dignamente. Esta vez se obtuvo un Bicampeonato. Ya no estaban Fernando Bustos, Eladio Vera ni Alberto Quintano, pero llegaron Miguel Ángel Cornero, Rodolfo Montoya y Chaplin Ceballos, y teníamos un talentoso mediocampo en El Wendy Mendizábal, Carlos Jara Saguier y Gerardo Lugo. Después de aquellos años triunfales, Carlos Hermosillo, apoyado por Benjamín Galindo y Héctor Adomaitis, supo darle al equipo una suerte de continuidad con la grandeza de los tiempos de la epopeya. Año: 1997, el último en que se conquistó un título. Después vendría la sequía de campeonatos y aquella terrible noche en que el América --tenía que ser el América-- le arrancó al Cruz Azul el ansiado título cuando faltaban cinco minutos para el final del encuentro. La depresión me duró seis meses.

 

Hace unos días, en mi desesperación, le dije a mi amigo Emiliano, viejo lobo de las canchas que cerca estuvo de debutar con el Oro: Compadre, no puedo más, voy a renunciar a mi afición al Cruz Azul. Me miró sonriente y me dijo con mucha seguridad: no va a poder compadre, eso no se puede hacer. Pasaron los días y pensé: Emiliano tiene razón, aunque quisiera, no puedo dejar de ser cruzazulino. Cuando se ha vivido, la gloria no se olvida. El cariño queda, la esperanza también... Si los jugadores cruzazulean, yo no.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio