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La misión de López Obrador

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La semana pasada fue sorprendente. Antes del primero de julio nadie pensaba que tendríamos la perspectiva de estabilidad que hoy prevalece, por lo menos para el futuro inmediato, tras unas campañas tan aguerridas. 


 

La incertidumbre sobre la diferencia de votos entre los contendientes, y la oposición de un sector de la sociedad y el gobierno contra López Obrador, hacían pensar en un periodo post-electoral complicado; eso sin considerar la creencia --no infundada-- de que el tabasqueño podría haber asumido una actitud beligerante.


 

No ha sido así. Consumada su victoria, el ganador ha hablado de manera mesurada, en tono presidencial, con un talante que proyecta responsabilidad y liderazgo de Estado. Ha sorprendido a tirios y troyanos. Hasta Jaime Bayly, el niño terrible de la televisión de Miami, usualmente alérgico a la izquierda, expresó su satisfacción por el estilo que mostró López Obrador en sus primeras horas como virtual presidente electo. 


 

Los grandes empresarios le dieron algo más que el beneficio de la duda: reconocieron su triunfo y se mostraron dispuestos a poner de su parte para que la nación supere sus dificultades. Antes había tenido lugar la promisoria reunión del martes entre Enrique Peña Nieto y su sucesor en Palacio Nacional: se están dando las condiciones para una transmisión del poder tersa y con un presupuesto federal 2019 acordado de manera dialogada frente a la fuerza política emergente.


 

Parece que no habrá diferencias que separen a la familia: el aeropuerto, la autonomía del Banco de México, la política fiscal, la reforma educativa, las nuevas refinerías, los contratos petroleros... todo encontrará su cauce en la sabiduría política del ganador. Si acaso, las organizaciones civiles podrían presionar más a AMLO para que conceda la designación de un fiscal autónomo.


 

En todo caso, en este momento la duda no es si los sectores clave de la élite coinciden en procurar una situación estable, sino qué posibilidades existen de que durante los próximos seis años tengamos un buen gobierno, un gobierno a la altura de los desafíos de México como el que no hemos tenido desde hace décadas y que por fin le dé a nuestra democracia un rostro humano, de progreso compartido y con una combinación armónica entre libertades, solidaridad social y orden público.


 

Este clima de concordia es una gran noticia. Pero no es sino el requisito para lo verdaderamente trascendente. Insisto: crear entre todos un gobierno pertinente, es decir, un gobierno que permita a la sociedad mexicana recuperar la paz y dar el salto necesario en términos de bienestar, desarrollo y prosperidad.


 

¿Será posible pasar de este clima de concordia actual a la decisión asumida, por todos los sectores de la élite, de convertirse en algo más que los beneficiarios del establishment y utilizar su poder político y económico para dirigir el rumbo de la nación con sentido de Estado? ¿Buscarán hacer de México un país serio, de leyes, derechos, instituciones y políticas que promuevan la felicidad pública? ¿Tendrán la altura de miras para entender que la realización de sus intereses no es contraria al bien de las mayorías, sino algo que lo presupone y exige?


 

Éstas son las preguntas que nos plantea el presente. Se resumen en la incógnita de si el pacto entre López Obrador y el resto de la élite quedará sólo entre ellos, o si incluirá el destino de la gente común, la viabilidad de México asumido como nación, como una patria que se sostiene en la observancia de derechos para todos y el cumplimiento de obligaciones por todos. No son frases retóricas. 

 

Creamos, aunque sea por un momento, que López Obrador anhela pasar a la historia como un buen presidente, como el que impulsó “la cuarta transformación de México”, o sea, un cambio comparable en alcances a la Independencia, la Reforma y la Revolución. ¿Cómo expresar esta fórmula hiperbólica sin que suene a un eslogan compuesto por palabras bonitas pero sin contenido? ¿Cómo hacer de ella un proyecto nacional y no reducirla a la ocurrencia electoral de un líder carismático?


 

Si ya maduramos, deberíamos plantearnos construir un país que deje de simular lo que no es: una nación de ciudadanos y no de clientes del Estado; una república con autoridades legalmente constituidas y acotadas, mas no una cofradía de hombres amparados en “la ley” para someter a los más débiles; un país, en fin, de instituciones y leyes que se respeten, y no de vicios acordados entre los cómplices de la impunidad.


 

He aquí la base real de cualquier transformación, la condición para la construcción de un verdadero Estado Nacional de Derecho, el fundamento para la modernización económica, educativa, energética... López Obrador tiene la autoridad moral para realizar un proyecto de esta magnitud y la capacidad política para negociarlo con la cúpula política y empresarial. En los más amplios sectores sociales tiene el respaldo de poder civil que lo faculta y la exigencia de llevarlo a cabo. Ésa es su misión.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Archivo
Fuente: 
Milenio