Current Size: 100%

La verdadera democracia toma en cuenta a la gente

1110143.jpg

El resultado de la próxima contienda por la presidencia es imprevisible. Eso, en apariencia, constituye una buena noticia pues así reza la máxima teórica: una sociedad es democrática cuando el desenlace de las elecciones se cubre por un velo de incertidumbre.

 

Y no hay duda: en 2018 cualquiera podría ganar, tanto Morena como la hipotética coalición PAN-PRD-MC, y hasta el PRI.

 

Morena, porque López Obrador conserva su atractivo entre amplios sectores y si no se equivoca crecerá; PAN-PRD-MC porque juntos suman mucho y tienen pre-candidatos muy posicionados: Anaya, Zavala, Mancera o algún independiente; y el PRI porque en el estado de México demostró que todavía sabe blandir armas poderosas para ganar elecciones. Además, si su candidato se aplica en una de esas convence a quienes prefieren estabilidad en vez del riesgo de lo diferente.

 

De ahí la ambición que impulsa a una larga lista de aspirantes a la candidatura en todos los partidos, los esfuerzos por diseñar la estrategia de la coalición o frente que derrote a López Obrador y al PRI, y la esperanza de algunos ciudadanos de que una alta competencia favorezca la llegada de un buen gobierno.

 

Pero yo dudo de que todo esto sea una noticia verdaderamente buena. Más bien me parece un espejismo, el adecuado para mitigar el desencanto. Lo que se cocina es más de lo mismo, aunque con un grado distinto de intensidad.

 

Sí, ya se nota el entusiasmo y el vigor de los políticos y los partidos que buscan darse a conocer e interpelar a la gente. Sí, seguramente habrá discursos efectistas, atractivos y sencillos, cuidadosamente formulados por expertos en propaganda política, para hacer creer a los ciudadanos que la clase política nacional se interesa por resolver los grandes problemas nacionales.

 

Sin embargo, todo esto no es la noticia suficientemente buena que necesitamos. Ésta tendría que venir de un cambio de actitud entre los políticos, y de la aplicación de reglas democráticas para diseñar los programas de los partidos y para seleccionar a los candidatos que habrán de enarbolarlos. México necesita de su clase política un compromiso renovado con principios éticos y un esfuerzo contundente por encontrar las ideas creativas que nos urgen para superar nuestra postración.

 

Se trata de una cuestión de fondo: entender que la democracia no se reduce a un ritual electoral observado cuidadosamente, sino que implica reconocerla como una práctica cívica, un ejercicio de construcción de la voluntad colectiva de la gente, una acción concertada con los depositarios del derecho a regir la vida pública --los ciudadanos-- a partir del diálogo y la comunicación lo más libre posible, de manera que se identifiquen intereses generales y propósitos comunes.

 

Joseph Schumpeter decía que la democracia es un método para determinar cuál de las élites, luchando entre sí por el voto de los ciudadanos, alcanza el derecho a gobernar. Para esta visión, que comparten muchos politólogos y políticos, no existe el interés general y los habitantes de una nación no pueden identificarse, de manera consistente, con propósitos compartidos, claros y definidos. A lo mucho, los ciudadanos sólo pueden decidir quién habrá de decidir por ellos acerca de los asuntos que les competen, es decir, los asuntos de la vida pública.

 

Yo estoy en desacuerdo con esta manera de pensar. La idea de Schumpeter se refiere sólo a un componente de un conjunto más amplio de instituciones, prácticas y mecanismos de participación cívica e interacción entre gobernantes y ciudadanos, que hacen de la democracia una estructura compleja y un modo de vida colectivo. Si reducimos la democracia a la manera en que Schumpeter la entiende, creeremos que tenemos un país democrático donde lo que existe es una oligarquía de partidos rodeada de ciudadanos apáticos, aislados e inermes.

 

Pensemos, por ejemplo, en el Frente Opositor que el PAN, el PRD y el MC buscan establecer. Si realmente quieren superar las tendencias oligárquicas de los partidos, deben asumir que lo importante es la calidad de la relación que entablen con los ciudadanos. La clave es que ciudadanos y Frente integren una disposición compartida para defender una agenda de gobierno, primero a través de las urnas, y luego brindando el apoyo popular a políticas orientadas a defender los intereses generales de los ciudadanos.

 

Lo importante es construir esta voluntad común, una fuerza civil asentada abajo, entre la gente común que se interesa por la política y está dispuesta a movilizarse para defender sus aspiraciones. A tal propósito deben subordinarse las ambiciones personales de los políticos que quieren ir en la boleta en 2018. Busquen ser líderes auténticos y no habilidosos políticos de poca monta. Si el Frente Opositor se interesara por impulsar un diálogo nacional habría esperanza en que la próxima elección puede ser algo más que un ritual de legitimación del poder.

 

Esto también vale para Morena y el PRI.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio