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Lo perdido me será devuelto

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Una mañana normal, hurgaba apresuradamente entre mis papeles porque había perdido un documento importante. En eso miré una carta que sin darme cuenta surgió del viejo baúl para posarse entre mis manos. Estaba dirigida a mi, pero no tenía remitente. Los años le habían dado un color amarillento al papel y el sello casi no se distinguía. Con ayuda de una lupa conjeturé: años sesenta del siglo pasado. Inexplicablemente, estaba cerrada. Nadie, nunca, la había leído.

 

Contenía dos hojas. La primera, cuyo formato e impresión hacían comprender que fue escrita en computadora, decía lo siguiente:

 

**Estimado destinatario:

Disculpe la tardanza en hacerle llegar esta carta. Confío que cuando llegue a su domicilio no sea demasiado tarde. Le suplico que la lea de inmediato. No es por evadir la responsabilidad del Servicio Postal, pero esta carta nos ha sido regresada tantas veces que el papel tuvo que ser restaurado en innumerables ocasiones; la tinta ha sido retocada porque ha dejado de ser legible. Espero que tantas intervenciones no hayan alterado el contenido. En sus reconstrucciones, ha pasado por psicoanalistas, hermeneutas, galleros, filólogos, escritores, lingüistas, historiadores... La última vez, hace una semana, tuvimos que enviársela a un aprendiz de poeta para que la reconstruyera nuevamente. Así que, para entenderla, mejor confíe en su propio criterio.

 

Atentamente,

El Administrador de Correos 

Posdata. Le confieso que un servidor ha estado a punto de destruir la carta en dos ocasiones. Sin embargo, la Dirección del Servicio Postal me ha descubierto y he sido amenazado. La indicación es terminante: o me cercioro de que la carta llegue a su destino, o seré despedido y perderé mis derechos de jubilación. Así que le ruego, una vez más, que la reciba. No se preocupe por hacérmelo saber. Cuando usted responda la carta, la Dirección se percatara, y yo conservaré mi empleo y podré jubilarme.** Quedé estupefacto. Juro que nunca antes había visto la carta. Me pareció muy extraña. Todos estos días la he leído dos veces y nada me relaciona con lo que ahí se dice. Seguramente su contenido ha sido completamente alterado porque ha pasado por demasiadas manos, estilos y maneras de pensar. De todos modos, aquí se la transcribo de manera literal (lo mejor que pude). Acaso usted pueda comprenderla mejor que yo, o me ayuda a encontrar el remitente. Si no la respondo, mi conciencia tendrá que responder por la infelicidad del administrador de correos.

 

Dice así:

La voz de un gallo se deja escuchar por una pequeña ventana. Viene y se va. Se expande y contrae de manera acompasada, natural... Como si una sabiduría del universo le ordenara cuándo gritar y cuándo callar para que la paz habite en quien lo oye.

 

Su canto me lleva al pueblo de mi madre que también me pertenece, aunque no nací allí.

 

En El Rosario, en la parte sur de Sinaloa, oí por primera vez un verdadero quiquiriqui. A los gallos los había conocido no mucho antes, en el pizarrón oscuro de un salón de clases de la escuela primaria de una ciudad cualquiera. Una casa de tejas con una ventana y un jardín de flores. Un camino angosto que tras una curva termina en una puerta. Afuera de la casa, quietamente sostenidos sobre sus patas, cantan alborotados. De su pico, apuntado orgulloso al cielo, salen unas letras blancas, hechas de gis, que nos alegran nuestras almas de niños: ¡Quiquiriqui, quiquiriqui...!

 

Es muy de mañana. No sé si ya amaneció o afuera sigue la noche. Los cantos de los gallos vienen uno tras otro, como si rondaran por cualquier sitio. Acompañan el calor rosarense que todo lo envuelve. Estoy feliz. Estoy en la recámara de mi tía Ignacia, la más querida de las hermanas de mi madre, la que más nos quería. Cada que íbamos a su casa nos dejaba su cuarto. Fue las abuelas que no tuve. Le mandó cartas a mi mamá hasta que ya no pudo porque se le acabó la memoria. A mi papá lo quiso mucho y siempre le respetó su manera de ser.

 

Mis padres duermen al lado de mi catre de lona. Ningún abismo me separa de nada. El miedo no existe, o por lo menos no se hace presente: está conjurado.

 

Quisiera una noche en aquella habitación. Espero las baladas entusiastas de los gallos que anuncian, muy pronto, la llegada del día con su sol abrasador. Espero las pláticas de la gente sencilla que habla gritando, despreocupada... sus voces se escuchan muy cerca, como si la ventana estuviera al ras de la acera. Espero el despertar de mis padres, todavía lozanos. La abundancia vital que produce el asombro, la paz de aquel Rosario de hace cincuenta años...

 

Pero mi tía no está y dormir con mis padres tampoco podría. Hace mucho que también se han ido. El gallo solitario ha callado: el sol ya se levanta. Iría a buscarlo si pudiera, le daría las gracias por el viaje regalado. Regálame más cantos y silencios, conviértete en muchos, alegres, orgullosos y felices, y con la voz muy fuerte, al cielo dirigida, anúncienme todos que un día, por unos instantes, lo perdido me será devuelto.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio