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López Obrador y la nueva era

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 En repetidas ocasiones, López Obrador ha explicado el lugar que ocupará su gobierno en la Historia de México y sus principales etapas: tras la Independencia, la Reforma, después, la Revolución y luego... la era que él va a encabezar. ¿Será llamada la Regeneración? ¿Tendrá ambiciones similares a esas gestas históricas en cuanto a sus alcances y profundidad? Así lo sugiere Jesús Silva-Herzog Márquez en un provocador ensayo publicado recientemente en Nexos, titulado “Sobre un volcán”.

 

Silva-Herzog se inspira en los Recuerdos de la Revolución de 1848, libro que recoge las memorias de Alexis de Tocqueville cuando fue diputado ante la Asamblea de Francia y atestiguó la caída de la Segunda República frente a la conversión de Luis Napoleón Bonaparte, que había sido electo en las urnas, en un dictador con una fuerte base social popular.

 

Una inquietud similar a la de Tocqueville nos puede abrumar hoy, en México, ciento setenta años después de aquel episodio del que habla Silva-Herzog en que dirigió sus palabras a la Asamblea para llamar la atención sobre la naturaleza --profunda, estructural y moral-- de la crisis que aquejaba a la vida política y social de su nación y su tiempo.

 

Ya contaba, en ese entonces, Tocqueville, con un consistente esquema de comprensión de la realidad pública que la modernidad, con sus tensiones y contradicciones, estaba configurando. El hecho que mostró de forma químicamente pura la naturaleza del conflicto moderno fue la Revolución Francesa de 1789, de la que sus familiares fueron víctimas. Constituyó la expresión más dramática y acabada --explosiva pero con raíces ancladas en la evolución histórica francesa-- del afán de igualitarismo social que caracterizaría, indeleblemente, a la modernidad.

 

La preocupación de Tocqueville fue, siempre, construir diques --límites institucionales, morales, legales y políticos-- para que el afán igualitarista, antimonárquico ciertamente, pero también a veces socialista y radical, no terminara destruyendo las libertades individuales ni la vida democrática y republicana.

 

Por eso admiraba a los Estados Unidos, país al que visitó muchos años antes de 1848, y sobre cuyo examen concienzudo construyó una teoría de la democracia liberal, pero de raigambre civil, asociacionista, participativa y federalista, compuesta por una amplia clase media y por poderes públicos acotados por las leyes y la capacidad de acción y organización de los ciudadanos comunes.

 

Los seres humanos aman la libertad, pero no la prefieren a la igualdad, solía decir Tocqueville. Este último sentimiento, más profundo y básico, está en el origen de las revoluciones y los alzamientos. No la pobreza pura y cruda nada más, sino la sensación de injusticia provocada por el prójimo que tiene más que yo, constituye el combustible de la subversión, el fuego que hará nacer un volcán al que ya, tal vez, los mexicanos estamos pisando sin siquiera sospechar sus posibles dimensiones.

 

De ese ímpetu justiciero se nutre la concentración del poder, la falta de límites en su ejercicio, la crítica de las libertades, el propósito de que nada ni nadie medien entre el pueblo y su soberanía, su poder y el de quien lo representa, el deseo de abolir toda diferencia, no sólo las de rango y linaje, sino las que se incuban en el funcionamiento del mercado económico. Entender estas contradicciones y tensiones ayuda a entender el sino de López Obrador, su auto-comprensión del papel que le toca desempeñar en la Historia, con mayúscula.

 

“El cambio que se aproxima --dice Silva-Herzog-- es el más hondo que ha vivido la política mexicana en varias generaciones. No se acerca un simple cambio de gobierno, la transmisión del poder de un partido viejo a un partido nuevo. La transformación por venir alterará la brújula de la política, modificará sustancialmente el mecanismo del poder, alterará la imagen misma de lo social”.

 

“El movimiento de López Obrador trasciende al partido que fundó. Su abanico da muestra de su horizonte: no pretende ser un segmento organizado de la sociedad política sino su totalidad o, más propiamente, su síntesis. Izquierdas y derechas; ultraizquierdas y ultraderechas; empresarios y líderes sindicales; reformistas, revolucionarios, reaccionarios... La viscosidad de su discurso público le ha permitido ser la tradición y la ruptura, abanderar estatismo y democracia, ser el insulto y el perdón, la restauración y la catapulta”.

 

Termina Silva-Herzog reconociendo el fracaso del liberalismo contemporáneo mexicano y su intento de combinarse con la democracia, la necesidad de criticarlo, reformarlo. Ese fracaso explica, creo yo, el apoyo del que ahora goza López Obrador. No es algo nuevo. Recordemos otra vez que a Tocqueville ya le preocupaba que surgiera, del seno de la democracia, una nueva forma de aristocracia, la que nace con la concentración del dinero. Ésa es la realidad ominosa que nos pone en riesgo de una nueva concentración de pode

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio