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Nuestro drama es que somos corresponsables

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Max Weber pensaba que la personalidad se mide por la fuerza de convicción con que se defienden los valores en que uno cree. “Sin duda -escribió- la dignidad de la personalidad reside en que para ella existen valores a los cuales refiere su propia vida”. El compromiso con valores es, entonces, un componente del carácter; también es un aspecto esencial en el esfuerzo por dotar de sentido a nuestras vidas y al mundo.

 

Pero para tener es clase de personalidad no basta con ser vehemente o creer con fe profunda en grandes ideales. Hay un problema: No es posible tener certeza absoluta acerca de si tal o cual valor es superior a otro. La modernidad acabó con la creencia en que el cosmos está organizado de acuerdo con una jerarquía natural y absoluta de valores, y con la idea de que la historia camina hacia un estado final en el que se realizarán a plenitud las aspiraciones éticas más elevadas y sublimes del ser humano.

 

No hay garantías de que el bien o la justicia vayan a triunfar. Lo bello no necesariamente es justo; y perseguir el bien, dependiendo de la naturaleza de los medios empleados para ello, puede provocar efectos contrarios a los que se buscan. Y si se alcanza el bien, tampoco hay garantía de que, bajo ciertas condiciones, no se convierta en su opuesto. Además, ¿cómo sabemos que el fin concreto que buscamos se corresponde con la idea del bien que tenemos? ¿Cómo sabemos si nuestra idea del bien es correcta?

 

Tampoco el conocimiento de la verdad científica nos hace más libres o más virtuosos; si nos descuidamos, los instrumentos que pone en nuestras manos pueden terminar destruyéndonos. Carecemos de criterios científicos claros para establecer cuál de los valores es mejor que otro o cuál tiene más méritos para ser defendido.

 

Lo que hay, por consiguiente, es un pluralismo de perspectivas: una lucha sin fin entre ellas para prevalecer como factor orientador de la acción humana. ¿Es mejor ser cristiano que musulmán, ateo, agnóstico o judío? ¿Resulta más conveniente propugnar por grados más altos de libertad para un mayor número de individuos o pretender que la justicia social llegue a toda la colectividad? ¿Qué significa ser bueno?, ¿significa lo mismo en todo momento y circunstancia? Las respuestas a estas preguntas, dependen del temperamento y la visión del mundo que se tenga.

 

El pluralismo ético fue una consecuencia indeseada del avance de la ciencia y la labor de la razón. En un extraordinario párrafo, que se ha vuelto célebre, Weber dice: “el destino de una época de cultura que ha comido del árbol de la ciencia consiste en tener que saber que podemos hallar el sentido del acaecer del mundo, no a partir del resultado de una investigación, por acabada que sea, sino siendo capaces de crearlo”.

 

En otro célebre párrafo, se apoya en Tolstoi para establecer las limitaciones de la ciencia, pero también para explorar sus posibilidades. ¿Cuál es el significado de la ciencia?, se pregunta. Y dice: “Tolstoi ha dado la respuesta más simple: <<La ciencia no tiene sentido porque no responde a nuestro problema, el único que tiene importancia para nosotros: ‘¿Qué debemos hacer y cómo debemos vivir?’>>. Es indiscutible -continúa Weber- que la ciencia no tiene respuesta para ello. Sólo nos queda el problema de en qué sentido la ciencia no proporciona ‘ninguna’ respuesta, y de la posibilidad de que la ciencia aún pueda tener cierta utilidad para quien formule correctamente la pregunta”. 

 

La ciencia sí tiene utilidad y sí significa algo muy importante. Dentro de sus limitaciones, y sin ser conclusiva, la perspectiva del examen racional de los valores y los fines puede decirnos qué medios pueden ser más eficaces para alcanzar lo que nos proponemos. O puede advertirnos sobre las consecuencias indeseadas que podríamos provocar con nuestros actos. Y también puede llamarnos la atención cuando nuestra acción atente de manera lógica o práctica contra los valores que decimos defender.

 

En otras palabras: si no podemos justificar de manera absoluta nuestras elecciones de valor, sí podemos someterlas al examen de la razón: podemos, de acuerdo con el saber de experiencia que tengamos, y la información de que dispongamos, tratar de que nuestros actos no provoquen males mayores. Podemos, también, luego de un análisis que pondere todas sus implicaciones, comprometernos con un curso de acción determinado, ya que es el que consideramos mejor, por menos inconveniente, y especificando las situaciones que, en caso de presentarse, habrían de exigir su inmediata revisión o cancelación.

 

Quienes más deberían atender estas prevenciones son los políticos. Es así porque sus decisiones afectan a millones de personas. Si ellos no se examinan, los demás debemos hacerlo. Debemos dejar la corrección política y llamarles la atención. No lo hacemos, o no lo suficiente. Y de ello, somos responsables. Tal es nuestro drama.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio