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Orhan Pamuk y la maleta de su padre

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Dos años antes de morir, el padre de Orhan Pamuk le obsequió a éste una maleta con cuadernos de notas y tentativas literarias que fue acumulando a lo largo de su vida. Quería que hurgara en ella por si acaso encontraba algo rescatable y, quizás, digno de ser publicado. Sin embargo, le pidió que la abriera hasta que se hubiese ido de este mundo.

 

Pamuk conocía la maleta desde que era niño. Estaba muy gastada, pero llena de misterio. Olía a cosas del extranjero porque su papá la llevaba consigo en sus innumerables viajes. Orhan había mirado de soslayo alguno de los textos, por lo que no ignoraba que su padre tuvo la inquietud de escribir y lo hizo con frecuencia. Cuando salía aprovechaba sus soledades, en el cuarto de un hotel, en París o en cualquier parte, para sumergirse en la meditación que lleva al camino de la escritura.  

 

Pamuk no resistió y pasados unos días abrió la maleta. Como la había dejado en el estudio de su hijo y ya no estaba allí, o porque se miraron a los ojos, cuando se encontraron de nuevo el padre supo que la maleta fue abierta antes de tiempo. El hijo comprendió que su padre se percató de sus inoportunas exploraciones. El padre también supo que el hijo se dio cuenta de que él se había percatado. Afortunadamente, la progresiva angustia se detuvo gracias a un gesto de generosa indiferencia del padre, aderezado con una de las trivialidades que solían compartir, como los fallidos negocios de éste o los problemas políticos de Turquía. 

 

Orhan sabía que la maleta encerraba secretos insondables. Allí se podía conocer el tamaño de los sueños de su padre; saber qué clase de escritor era o pudo haber sido; saber si llevó una existencia doble: si detrás del amoroso progenitor estaba el hombre capaz de retirarse a ser otro, como lo hacen los escritores que cuentan la vida de los demás contando en realidad la propia vida, y transmiten al lector una trama en la cual reconocerse.

 

El padre de Pamuk amaba la literatura y todo lo que se relacionaba con ella. Leyó a los grandes autores de manera asidua y tradujo poetas europeos al turco. Cada que viajaba a Francia o a Estados Unidos regresaba cargado de libros; conformó una biblioteca que llegó a ser el deseo y la savia de Orhan: mil quinientos volúmenes con todo lo esencial de Oriente y Occidente. Y su vida se acompañaba de otras pequeñas satisfacciones, como cuando en París aparecía Sartre ante su vista o iba al cine.

 

Una vida cómoda lo alejó de las dificultades y los riesgos que entraña la literatura, pero hizo algo de la mayor importancia: apoyó la decisión de Orhan de convertirse en escritor. Cuando éste, siendo muy joven, le mostró su primera novela y le pidió su opinión, tardó en responderle porque estaba de viaje. Al regresar, un alegre abrazo le disipó sus ansiedades: Pamuk comprendió que la novela le había gustado y tenía su absoluto respaldo. El padre, en vez de decirle a la usanza de las familias turcas, “vas a ser un general”, le dejó una impronta más ambiciosa y determinante: “un día, vas a ganar el Premio Nobel”.

 

El 10 de diciembre de 2006, en Estocolmo, la profecía le fue cumplida. Orhan Pamuk recibió el Nobel de Literatura y tuvo un auditorio de primera importancia para hacer un homenaje póstumo a su padre, recordar su maleta y referirse a todo lo que aquí se narra. Sin embargo, en su discurso no dio a conocer lo que opinaba de su papá como escritor; tampoco demostró un solo dejo de lamentación sobre el destino que siguió. Pero cuando Orhan reflexionó sobre el origen de su propia vocación y el sentido que le da al acto de escribir, su padre estuvo verdaderamente presente.

 

Acaso sin decírselo, el padre compartió con el hijo las soledades que habita el escritor, el sitio sin espacio y sin tiempo en el que se sumerge para ejercer su oficio; le transmitió la sensibilidad que integra la personalidad del literato. “A veces mi padre, dice Pamuk, se echaba en el sofá que tenía delante de la biblioteca, dejaba el libro o la revista que tuviera entre las manos y se sumergía en largas reflexiones”.

 

Escribir es arduo; requiere apartarse del mundo, y confiar en las propias ideas para interpretar la realidad por uno mismo. Se escribe con la capacidad de sentir lo que cualquier otro puede sentir en una situación determinada. Cuando lo logra, el escritor es puente: realiza el acto de fe que consiste en creer que los demás habrán de identificarse con lo escrito. Esto y muchas más cosas llenas de inteligencia y claridad, dijo Pamuk aquel día de diciembre de 2006 en Estocolmo. Una de ellas es esta:

 

“En mi opinión, ser escritor significa detenerse en las heridas ocultas que llevamos en nuestro interior, de cuya existencia, como mucho, tenemos una ligera idea, descubrirlas y conocerlas pacientemente, sacarlas bien a la luz y convertir esas heridas y sufrimientos en una parte de nuestra escritura y nuestra personalidad que abrazamos conscientemente”.

 

El libro se llama La maleta de mi padre, y lo publicó Random House Mondadori.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio