Current Size: 100%

Orwell, la verdad y la belleza

Solís Gadea.jpg

Eric Arthur Blair (1903-1950), mejor conocido como George Orwell, es una de las principales conciencias intelectuales y morales del siglo veinte. Sus novelas 1984 y Rebelión en la granja, destacan entre las reflexiones más lúcidas sobre el totalitarismo y la dominación; siguen siendo una acertada descripción de nuestro tiempo.

 

Orwell fue también poeta, ensayista y periodista, además de hombre comprometido con sus ideales políticos. Atestiguó el imperialismo británico y su decadencia, vivió la devastación londinense dejada por la Segunda Guerra Mundial, y participó en la Guerra Civil Española, en la que casi pierde la vida. De todo esto se nutre su obra, la cual fue reunida completa en 1998; consta de veinte volúmenes y ocho mil quinientas páginas.

 

Para quien desee comprender el sentido de la escritura y la vocación intelectual, leer a Orwell puede resultar esencial. En el verano de 1946, publicó “Por qué escribo”, artículo recogido en español en un libro llamado El león y el unicornio y otros ensayos. Allí da a conocer el origen biográfico de lo que define a Orwell: la fecunda conjunción entre su involucramiento en los problemas políticos de la época y su compromiso con la creación literaria.

 

A la edad de cinco o seis años, Orwell supo que sería escritor. Todo lo encaminaba a ese destino; entre ello, su gusto por las palabras, su disposición a “mantener conversaciones con personajes imaginarios”, y a registrar lo que vivía a la manera de un narrador permanente situado dentro de sí mismo, una voz interior imposible de acallar. Al principio no siguió su llamado -sirvió como policía del imperio británico-, hasta que dejó de ser Eric para ser George: se consagró por completo, no sin pasar penurias, a la literatura y el periodismo.

 

A Orwell lo aquejaba un sentimiento de culpa por los males que el imperio infligió a la India (país donde nació) y otras colonias, incluido el remordimiento por la actividad de su padre como funcionario a cargo de la distribución del opio a China. Se conmovía con las desigualdades sociales, particularmente con la situación de la clase obrera en Inglaterra y en Europa. Sin duda, esa sensibilidad explica su misión de denunciar lo que está mal en el mundo y decir la verdad.

 

En “Por qué escribo” dice: “Mi mayor aspiración durante los últimos años ha sido convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento de parcialidad, una sensación de injusticia. Cuando me pongo a escribir un libro no me digo: Voy a hacer una obra de arte. Lo escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. Pero no podría realizar el trabajo de escritura de un libro, ni tampoco de un artículo largo para una publicación periódica, si no fuera además una experiencia estética”.

 

¿Se puede de manera simultánea denunciar la mentira y forjar una experiencia estética? ¿Es necesario que sea así? No creo que Orwell haya sido caprichoso al plantearse un objetivo como éste. También me resisto a creer que su preocupación por la belleza de sus escritos tenga que ver con una inclinación al egocentrismo.

 

Empero, tampoco es evidente que el conocimiento de la verdad sobre los hechos pueda ser, además, una experiencia estética. Mucho menos se trata de algo necesario. Alguien puede hacerse oír para transmitir una mentira mediante bellos recursos literarios. De hecho, las novelas son engaños bien logrados, es decir, contados de acuerdo con un cierto sentido de la estética.

 

Sin embargo, tengo para mí una afirmación que no se puede demostrar, pero cuya validez se intuye: algo no puede ser auténticamente bello, si no es, a la par, auténticamente verdadero. El requisito sin garantía para aspirar a la belleza es poseer una genuina verdad que sea necesario contar. Una mentira que se cubra con las expresiones más sutiles y delicadas, o que se aderece con las formas mejor cuidadas, seguirá siendo una mentira; tan pronto se le muestre como tal, se derrumbarán los artificios con cuya fabricación se le disimula.

 

Sólo en apariencia una buena novela es una mentira bellamente contada: en realidad, una buena novela lo es en la medida en que transmite verdades esenciales de la vida; los lectores saben que es así aunque los hechos particulares que allí se narran sean una invención. Lo misterioso del asunto es que si la novela no fuera bellamente contada, las verdades que contiene no alcanzarían su condición. Ningún ser humano se reconocería en ellas.

 

Verdad y belleza, pues, parecen coincidir; se construyen mutuamente la una a la otra siempre y cuando al escritor lo anime un espíritu de verdadera integridad intelectual y moral. Mejor dicho: sólo la conjunción de la verdad y la belleza puede captar la profundidad de la vida. Dejo la explicación de esto, o su refutación, a los que saben.

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio