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Si López Obrador dejara la arrogancia...

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En política la arrogancia se paga muy caro. López Obrador debería tener esto en cuenta. Es cierto que es el candidato más conocido y que sigue arriba en las preferencias, con poco margen, dicho sea de paso, sobre Margarita Zavala.

 

También es cierto que AMLO es el que tiene más merecimientos para llegar a Los Pinos, tras un esfuerzo de más de diez años y dos contiendas en las que obtuvo un número de votos que lo situó muy cerca de los ganadores oficiales. A eso hay que agregar la movilización postelectoral de 2006 provocada por las sospechas de fraude, y la polémica de 2012 sobre el efecto que tuvo en el resultado la compra de sufragios.

 

Andrés Manuel ha sido el villano favorito de los últimos tiempos: la víctima del juego sucio de autoridades, políticos y propagandistas, el despreciado por “la gente bien”, el que ha recibido la incomprensión de muchos ciudadanos en torno a los principios que el tabasqueño defiende sin suficiente fineza y sofisticación.

 

Desde una posición democrática debemos reconocer que el Peje representa una proporción muy grande de electores. Su visión de las soluciones a los problemas del país - buena o mala - es una ruta que sigue atrayendo a muchos mexicanos.

 

Más de algún lector estará en desacuerdo con lo que digo: la tenacidad no basta para merecer el triunfo y tampoco es suficiente el apoyo de amplios sectores sociales. Es necesario que AMLO construya una mayoría contundente que le permita vencer a sus adversarios sin darles oportunidad de hacer marrullerías. Y esa amplia mayoría no la ha podido conformar, continúa el hipotético lector crítico, porque su estilo estridente, su mesianismo y su autoritarismo, provocan desconfianza, sobre todo entre las clases medias.

 

Sostengo, sin embargo, que AMLO merece llegar a la presidencia, a menos de que surja un mejor candidato.

 

¿Merecen los panistas regresar a la presidencia? En los doce años que detentaron el poder ejecutivo, ¿hicieron algo diferente, digno y convincente, como para esperar de ellos, ahora sí, un buen gobierno? Ya se sabe qué intereses defienden, ya se conoce su frivolidad e inconsistencia políticas. ¿Cómo convencerse de que merecen ocupar otra vez Los Pinos? Francamente, no encuentro argumentos que me persuadan de ello.

 

El PRI tampoco ha demostrado ser digno de retener la presidencia, por lo menos hasta ahora. Y no porque la frivolidad sea el principal defecto de los priistas, sino porque han carecido de eficacia, y sobre todo porque han descuidado la agenda que les dio apoyo popular durante varias décadas: la de la inclusión social y la distribución de la riqueza, la de atender los intereses nacionales de México. En cuanto a la corrupción y la impunidad, los priistas han hecho la diferencia, pero por no combatirlas como exigen las circunstancias. ¿Tendrán el tiempo y la voluntad política para convencer de que están comprometidos en la lucha contra ellas?

 

AMLO no es perfecto. Sobre todo, desconfío de su desdén por las instituciones. Es el caudillo mesiánico que todo lo puede, el hombre que la Providencia ha destinado para salvar a México; por consiguiente, es el líder cuya superioridad moral le da el derecho para gozar de la obediencia de los demás.

 

Pero con todo y sus defectos, creo que es un hombre preocupado por los problemas del país, dispuesto a defender las causas de las mayorías, y con el ánimo para atacar la corrupción y promover la justicia social. A diferencia de lo que piensan los sectores medios, esta agenda no es radical. ¿Por qué el PRI no la ha asumido? Esa hubiera sido la mejor manera de desmantelar el atractivo de López Obrador. Veremos si el candidato del tricolor, o algún independiente, lo intenta en la campaña.

 

¿Son los demás candidatos un modelo de decencia democrática y disposición para acatar lo que determinan las instituciones y la ley? Es sorprendente el odio que muchos políticos y ciudadanos le tienen a AMLO. ¿Será que es el único político arrogante, mañoso y autoritario que habita en el país?

 

Le temen porque podría arrastrar multitudes y adquirir un carisma que le permita modificar la política económica que ha seguido el gobierno en los últimos sexenios. Ésa es la agenda que tratan de evitar los poderes fácticos. Por eso algunos negociarán con él y otros buscarán impedir que llegue a Los Pinos. De entrada, ya le han colgado el mote de populista, la peor descalificación que hoy se puede hacer a un político.

 

Todo eso lo podría contrarrestar si sustituye la arrogancia por la sobriedad y la mesura, y si dialoga con todas las fuerzas políticas y sociales para obtener su apoyo, comenzando con el PRD y las demás izquierdas. López Obrador está obligado a hacer política de altura; debe diseñar un proyecto en el que todos quepamos y en el que todos pongamos algo de nuestra parte. ¿Lo hará o se conformará con ser el candidato “menos malo”? Si no lo intenta, dará ventaja para que otro pueda derrotarlo. Si lo intenta, dará un impulso a la evolución política de México. 

Escrito por: 
Héctor Raúl Solís Gadea
Fotografía: 
Humberto Muñiz
Fuente: 
Milenio