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¿Valor o precio?

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“En seis de cada 10 hogares de clase media en México, el ingreso familiar proviene de personas que realizan su actividad económica en el sector informal. Es un universo de población vulnerable, que no cuenta con capacitación para afrontar la transformación que vive el mundo del trabajo, carece de protección social y no ahorra para el retiro”.

 

La información fue publicada el pasado 6 de julio en el periódico La Jornada, por el reportero Roberto González Amador, quien citó como fuente a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). 

 

Lo que está detrás de esos datos y que en ellos se manifiesta, es un tipo de violencia al que no se ha prestado suficiente atención, debido quizás a que la violencia proveniente de la actuación de los cuerpos de seguridad y de las bandas del crimen organizado en nuestro país, muestra sus estragos de forma inmediata y dramática, mientras que la violencia económica daña con mayor lentitud y presenta síntomas diversos que a veces tardan en hacerse visibles.

 

La violencia económica es resultado del modelo neoliberal y global que se impuso al término de la “Guerra Fría”, e impuso como centro al dinero y como eje rector al mercado y la ganancia. La apuesta a que la regulación de su operación en equilibrio ocurriría “per se”, es algo que evidentemente para todos, incluidos algunos de sus impulsores, no ocurrió y no ocurrirá.

 

Aunque los analistas y estudiosos del tema, proponen ya repensar el modelo y modificarle lo que sea necesario, es obvio que para quienes ha sido beneficioso -llevándolos a formar parte del uno por ciento de los privilegiados que ha obtenido ganancias y riquezas en desmesura-, y que para desgracia del resto son quienes detentan y ejercen el verdadero poder en el mundo, están muy lejos de querer cambiar nada.

 

La sutileza cargada de humanismo con que Joan Manuel Serrat, en su canción “Soneto a mamá”,  nos invita a captar la diferencia entre “valor y precio”, no opera, no funciona, no es percibida por los ojos de quienes tienen como impulso vital la codicia.

 

Por ello, el drama de los datos y las cifras que presentó la OCDE y que abarcan a la casi totalidad de  América Latina, se acrecienta cuando el organismo señala que además la condición de vulnerabilidad económica se está heredando de padres a hijos.

 

Clasificada en México como clase media emergente, con ingresos que oscilan entre 10 y 50 dólares por día, “uno de cada dos se encuentra en el sector informal, sin seguridad social ni un plan para el retiro. El problema entre este universo de clase media vulnerable es que esa condición de fragilidad es transmitida por los padres a los jóvenes ‘en un momento en que América Latina –y el caso de México en particular no es diferente– tiene el mayor número de jóvenes de su historia’”.

 

Así las cosas, la violencia económica debiera ser un fenómeno que se asumiera y revisara con auténtica preocupación, no únicamente por lo dañina que resulta ya, aquí y ahora para los grupos sociales mayoritarios, sino porque, de no atenderse como debiera, seguramente tendrá afectaciones sobre la visión de vida que tengan los jóvenes. Tomar partido y hacer prevalecer como eje de vida el  valor o el precio, puede representar la garantía de que haya o no un mejor futuro para todos. 

Escrito por: 
Gabriela Díaz
Fotografía: 
Internet
Fuente: 
Difunde CUCSH